Allí, donde durante décadas existió un espacio verde que era parte de la vida cotidiana, del encuentro, del juego y de la identidad barrial, el abandono comenzó a secarlo todo. Literalmente. Árboles sin riego, sin mantenimiento, sin respuestas. Notas presentadas, reclamos reiterados, silencio oficial. Hasta que pasó lo que suele pasar cuando la paciencia se agota: los vecinos se organizaron.